La hasta ahora lucha eterna por relevar la importancia de la salud mental parece ir construyendo un camino hacía una meta esperada: el acuerdo para el aumento progresivo del presupuesto en esta área a nivel nacional.

 

A pesar de ello, incluso pandemia mediante, aún parece una suerte de evangelización de distintos sectores convenciendo de lo urgente que es lograr una respuesta oportuna para un área de salud que todos reconocen afectada y pocos consideran al momento de generar las políticas públicas.

 

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en América Latina y el Caribe la brecha de tratamiento para trastornos afectivos, de ansiedad y por consumo de sustancias se calcula en casi un 78%. Asimismo, el gasto público para el abordaje de la salud mental en toda la región es de promedio un 2%, exactamente donde se encuentra Chile, sin embargo, alrededor del 60% de este recurso se destinaría a hospitales psiquiátricos. Esto es como mirar las políticas de apoyo con un catalejo al revés, la ilusión de ver el problema más lejos (en el tiempo) y más pequeño (respecto a  cuántos necesitan ayuda), a pesar de que lo tienes encima.

 

La pregunta es si intentamos cerrar la brecha desde el punto final del camino o actuamos antes, para disminuir esta enorme deficiencia. Lo más lógico sería intervenir para evitar que surjan o se agraven los problemas, en vez de esperarlos en la última etapa, cuando sean casi inabordables.

 

¿Qué es una respuesta oportuna en salud mental? Muchos podrían responder que es una hora de urgencia disponible, una atención rápida, especialistas cercanos, mejores coberturas. Sí, esas también son necesidades actuales, pero la real oportunidad de acciones en este ámbito son dos: llegar antes en el ciclo de vida; es decir, lograr instalar respuestas desde la más temprana edad, con una perspectiva acorde y así acompañar un mejor desarrollo. Y, además, poner el énfasis en acciones de promoción y prevención, que lamentablemente siguen escaseando, al seguir pensando que la salud mental se aborda sólo con mejores oportunidades de tratamiento.

 

En el reciente estudio encargado por la Defensoría de la Niñez sobre “Políticas públicas relacionadas con la salud mental de niños, niñas y adolescentes”, los mismos entrevistados y encuestados señalan que difícilmente reconocen haber recibido acciones de promoción o que favorezcan el bienestar personal –psicológico y emocional –. Esto evidencia lo que informantes técnicos del estudio también recalcan: que se llega a los problemas de salud mental cuando ya se han declarado, actuando de forma reactiva y no preventiva.

 

Considerando lo que señala el estudio, aumentar presupuesto en salud mental no es la única solución si no va guiado para robustecer las acciones que mejoren su abordaje, comenzando con los niños, niñas y adolescentes como los primeros a acompañar, favoreciendo un sistema de garantías, potenciando la coordinación intersectorial, enfatizando la promoción y prevención, además de considerar recursos importantes para contar con equipos técnicos especializados y bien pagados. Sólo así puede que el dinero sí ayude a generar ese buscado bienestar, llamado felicidad.

 

 

 

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