Valparaíso: la impactante Recesión Técnica que nadie quiso ver
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Valparaíso: Un Rostro ante la Recesión Técnica
Algo, hay que decirlo, se venía cociendo. Un murmullo en los despachos, apenas una advertencia susurrada en corrillos de economistas que, a fin de cuentas, a veces aciertan. La economía chilena, ya saben, se mueve por caprichos y decisiones políticas más que por un plan maestro, pero esta vez, el diagnóstico parece más que un susto: una recesión técnica, según insisten los que saben leer de verdad los números, empieza a cobrar forma. Y Valparaíso, la antigua perla del Pacífico, asoma como la primera en la fila para recibir el golpe. Una bofetada seca.
Cinco meses de Imacec en picado. La señal es inequívoca, un semáforo rojo encendido desde hace demasiado tiempo. Nadie lo había visto así desde que el bicho aquel nos encerró a todos en casa, allá por los tiempos de la pandemia, y de eso hace ya unos cuantos años. Si la tendencia no vira, y rápido, el país se zambullirá de lleno en una contracción económica. Lo que se avecina, auguran -o temen, sería más preciso- los que peinan canas analizando balances, es un mazazo en toda regla para el empleo. Y, claro, para la inversión. Y, por extensión, para el crecimiento de la región.
No solo de la costa, no. El efecto cascada es imparable.
Hay un nombre para este mal. Lo llaman recesión técnica, esa extraña afección de los sistemas económicos cuando la producción decide que ya basta, y se encoge. Y no es por un día o una semana. No. Hablamos de una bajada que se extiende en el tiempo, que cala hondo, afectando a numerosos sectores productivos. Una caída prolongada. Un aviso a navegantes que se ignora bajo la propia responsabilidad.
El señor Lisardo Gómez, de la Escuela de Negocios Internacionales de la Universidad de Valparaíso (uno que sabe de esto, dicen), lo dejó claro, cristalino: con seis meses consecutivos de batacazo en la producción, el término «recesión técnica» no es una profecía de mal agüero. Es una cruda realidad. Se confirma.
Y si la cosa sigue así, sin visos de cambiar -al menos, que sepamos-, entonces el pozo será más hondo. Mucho. La industria, esa que antes daba trabajo y se consideraba motor, la manufactura, la producción de bienes, los servicios, todos verán cómo el golpe de la recesión técnica los arrastra sin contemplaciones. ¿Quién va a invertir un euro? ¿Quién va a contratar nuevos brazos si los márgenes se esfuman más rápido que un azucarillo en el café? Menudas preguntas, dirán.
El tajo al empleo es, además, directo. Menos oportunidades de contratación, menos dinero en los bolsillos de las familias. Un parón súbito para el negocio, el pequeño y el mediano, que ya venían con el agua al cuello. Es un efecto dominó que asfixia, que no deja respirar. Y sin un horizonte claro, la tensión crece.
El Azote Doble: Recesión Técnica y Paro en Valparaíso.
Pero no es solo el telón de fondo. Valparaíso tiene su propia mochila de penas, más pesada que la del resto del país, al menos en apariencia. Un factor que nadie parece mirar con la suficiente atención. El desempleo. La región, ya de por sí, no consigue levantar cabeza en este aspecto, arrastrando una losa.
Un 10,2%, para ser exactos. ¿Y qué significa esa cifra fría? Que unos 104 mil vecinos andan, literal y tristemente, sin nada que llevarse a la boca. La media nacional, para que se hagan una idea (o para recordar lo que a estas alturas ya se sabe de sobra), se quedó en el 9,4%. Valparaíso, entonces, pinta peor. Mucho peor.
La recesión técnica coge ahí con la guardia baja a toda una región que ya flaqueaba. Un mercado laboral deshecho es un freno en seco para el consumo, ese que ya estaba renqueante desde hace tiempo. Y sin consumo, es inútil buscar el motor de crecimiento. ¿Cómo pretenden, o pretenden que pretendamos, que las cosas mejoren? La pregunta cuelga en el aire como una soga.
Por si fuera poco, el precio de los combustibles no ayuda. Nada. Cada céntimo extra que uno paga en el surtidor es un clavo más en el ataúd de los márgenes de cualquier empresa. El transporte. La producción de bienes. La dichosa distribución de todo lo imaginable. Todo sube. Sin freno.
Un coste añadido que, a fin de cuentas, recae sobre la espalda del ciudadano común, ya suficientemente castigada. Menos para invertir. Menos para contratar. No hay fórmulas mágicas que funcionen cuando la chequera no da.
A menos que haya un milagro económico (o al menos un plan con visos de serlo, cosa que no hemos visto, la verdad sea dicha, salvo buenas intenciones), el empleo seguirá en la cuesta abajo. Se desplomará, se teme. Meses, muchos, complicados por delante.
La Inversión Patea el Balón de la Recesión Técnica
Y luego está lo de siempre: la dichosa incertidumbre. Una nube que no se disipa ni aquí, en nuestras propias fronteras, ni allende los mares, donde otros problemas se cuecen con sus propias urgencias. Los especialistas, los mismos que antes hablaban del Imacec en caída libre, fruncen el ceño ante la falta de una hoja de ruta clara. O al menos de una brújula.
Gómez, el hombre de los números, insistió en este tema. No hay ni media medida económica definida con claridad. Ni la famosa y tan anunciada ley de reconstrucción, esa que se promociona a bombo y platillo desde hace semanas pero que nadie ha visto aún sobre la mesa. Ni tampoco las modificaciones tributarias, esas que llevan meses bailando en los pasillos de algún parlamento.
Las empresas, claro, observan todo esto desde la distancia. Dudan. Es lo más normal. ¿Quién arriesga su capital, su futuro, en aguas tan revueltas e impredecibles? No hay, ni habrá, nuevos proyectos de inversión de calado si no hay certeza. El empleo, de nuevo, sufre las consecuencias. Y la actividad económica, qué vamos a decir. Un estancamiento de manual. Un manual de errores, quizás.
Si la inversión sigue de brazos cruzados, expectante, la salida del atolladero de la recesión técnica se antoja, por decirlo suave, una quimera. Imposible. Especialmente para una Valparaíso que ya tenía el cartel de «se busca trabajo» colgado en cada esquina de sus cerros y en cada ventana al mar.
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Noticia por RayenQuezada
