***Doctor Juan Pablo Reyes invita a evitar las sandeces y las palabras insidiosas que entran en la categoría del conocido “ninguneo”, el famoso “dimes y diretes”, o el nombrado “fuerte intercambio de palabras”.

Como país vivimos tiempos políticos y sociales revueltos, donde las emociones generan declaraciones, desmentidos, descalificaciones, exageraciones y desinformación. En este ambiente tan agitado, los lingüistas salen de la tranquilidad de sus aulas para observar este fenómeno social, con atención.

El doctor Juan Pablo Reyes Núñez, académico de la Universidad de Playa Ancha (UPLA) es uno de ellos. Plantea que en tiempos de polarización política y propaganda electoral, preguntarse el qué decir y qué no decir, por miedo, prudencia, decencia o delicadeza, se vuelven esenciales.

Advierte que desde el punto de vista de la sociolingüística, estamos en presencia de las palabras relacionadas con el tabú, cuyo origen está asociado a los nombres de divinidades y, en consecuencia, es una prohibición religiosa. Agrega que con el uso, el vocablo amplió su significación y adquirió nuevos valores expresivos. Fue así que, más allá de su frontera lingüística, empezó a pertenecer, en cierto
sentido, al fenómeno de las llamadas “frases inoportunas”, “desafortunadas”, algo así como “chascarros verbales” que a veces salen en declaraciones públicas, comunicados de prensa, reuniones, entrevistas o simples conversaciones cotidianas.

“Ahora, que comienza a difundirse el texto definitivo de la que fuere nuestra Carta Magna, y se inicia la propaganda y franja electorales por los medios de masa y las redes sociales, habrá que tener mucho cuidado y procurar que las palabras sean mejor que el silencio, evitar las sandeces y las palabras insidiosas que entran en la categoría del conocido ‘ninguneo’, el famoso ‘dimes y diretes’, el nombrado ‘fuerte intercambio de palabras’ y la popular frase de los políticos ‘descalificar al adversario’.

Por el contrario, tenemos que entrar en un estado de profunda reflexión que nos permitirá comunicarnos proverbialmente”, dice Reyes, quien agrega que, como cuidamos de nuestro comportamiento y el de los demás, también debemos controlar y manejar prudentemente nuestras conductas verbales.

Enfatiza que la provocación y la belicosidad idiomáticas no contribuyen al diálogo saludable entre las y los habitantes, ciudadanos y ciudadanas, que conforman las distintas comunidades de hablantes.

“No se trata de vetos o vedas idiomáticas, ni menos de autocensura, sino de conocer las competencias expresivas de la lengua para seleccionar qué, cómo y para qué decirlo sin menospreciar, ni ser peyorativo o sarcástico, para no intoxicar las expresiones lingüísticas con ‘palabras de grueso calibre’, ‘picantes’ o ‘coprolálicas’. Si no sabemos calificar mejor no descalificar”, dice el especialista, quien agrega que sería mejor tener una disposición a la comprensión respecto del que piensa y actúa distinto.

VERDAD PROBABLE
Explica que esta actitud de apertura nos ayudaría a interconectar el lenguaje, el pensamiento y la realidad, acercarnos, por lo mismo, a la verdad más probable más demostrable, más convincente. No es fácil, pero es posible, dice. Por lo mismo, invita a pensar antes de hablar, con la certeza de que no es obligación decirlo todo, pero sí pensar todo lo que se va a decir. Y es que -afirma- toda persona que piensa en las soluciones y no en los obstáculos puede salir adelante con una conversación sana, provechosa y enriquecedora desde el punto de vista intelectual, espiritual y emocional.

Por el contrario, advierte que si se nos escapan algunas frases polémicas que “sacan roncha”, hemos cometido un desaguisado expresivo que podría generar como respuesta un “comentario ácido”.

“Afortunadamente, la lengua la podemos emplear para establecer parlamentos, mesas de diálogo y negociación, cabildos, asambleas, convenciones en donde llegar a reconciliaciones, acuerdos y pactos entre comunidades, pueblos y naciones que necesitan decidir, elegir, preferir entre dos o más opciones, caminos, futuros con el fin de ser mejores cada día. Y en estos asuntos ni en ninguno, nadie tiene la última palabra. Se trata de no decir ni una palabra de más ni una de menos. Y entonces, haré
uso de mi derecho a guardar silencio”, concluye el académico.

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